domingo, 17 de mayo de 2009

Nuestro mundo

Vivo en un antiguo templo al que acudo a diario a orar y a horadar un poquito más los muros y paredes de roca, madera y azulejos. Me encanta socavar la belleza, la consistencia y el propósito de los perfectos mosaicos, taraceas, arcos y columnas.

No sé por qué, siento la lenta destrucción de mi lugar de refugio como un culmen, quizá en la montaña de expectativas. Supongo que ha ocurrido que tengo una venda en los ojos y tapones de cartílago crecientes en los oídos, y la virtud de permanecer callado mucho tiempo.

Mi templo no admite más fe ni fieles ni agujeros. Mi lugar de rezo está agotado, y mis oraciones no surtirán efecto porque el techo se desplomará pronto sobre esta cabeza mía, que articula nuevas destructoras obsesiones, convertido como estoy en casi un autómata fascinado por la levedad de esta decadente estructura.

Muy pronto, la masyid dirá basta, levantará las rodillas del suelo y la llamada a la oración no será más que un recuerdo en la ausencia.

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