miércoles, 7 de noviembre de 2007

Sobre la oxitocina y otras sustancias psicotrópicas

Hace un tiempo intenté sondear Internet en busca de información sobre una sustancia producida por nuestro cuerpo llamada oxitocina. Tenía entendido que guardaba relación con el placer y la felicidad, pero no sabía mucho sobre cómo o cuándo actuaba ni cuáles eran sus efectos. Tras bucear un rato por la red, encontré tan solo información parcial ciertamente insatisfactoria.

Pero hoy, por casualidad, me he topado con el número de noviembre de la revista "Psychologies" y, voilà!, he encontrado un revelador artículo titulado "La química del enamoramiento". Está escrito por Pilar Varela, psicóloga. Me ha gustado tanto que he pensado que debía afianzarlo en mi maltrecha memoria transcribiéndolo de manera íntegra en este blog [los añadidos y comentarios, entre corchetes].



LA QUÍMICA DEL ENAMORAMIENTO

¿Estamos tristes porque lloramos o lloramos porque estamos tristes? Esta es una de las preguntas de la psicología científica que no tiene una contestación exacta. Fue el veterano Williams James quien hace más de un siglo la formuló provocativamente y quien sostuvo, frente a la lógica aparente, que es el llanto el que provoca la tristeza y no al revés. No era descabellado. Hoy se sabe que lo emocional tiene orígenes físicos muy poderosos, y se reconoce, sin mucho romanticismo, que las tormentas sentimentales como la ira, los celos o el enamoramiento se gestan en el cerebro por el efecto de sustancias nerviosas apenas apreciables.

Nuestro cuerpo es una máquina fantástica compuesta de elementos visibles (piel, cabello...), otros menos visibles (páncreas, huesos...) y otros casi desconocidos (hormonas, neurotransmisores...), cuya incidencia, sin embargo, es clave en la inteligencia, la memoria, el aprendizaje o los sentimientos. Es en el laboratorio del sistema nervioso donde estos elementos bioquímicos "fabrican" el amor.

Una revolución psicofísica

Es verdad que si alguien pretende encontar el amor en el cerebro no lo va a conseguir, tampoco si busca la generosidad o la valentía, pero sin cerebro no hay generosidad, valentía ni amor. Entonces, ¿cómo funciona la máquina de pensar y sentir? ¿Cuáles son esas sustancias sutiles y cómo actúan en la mente y cuerpo de un enamorado? A lo largo de la vida nos enamoramos probablemente cuatro o cinco veces; los hay más enamoradizos y menos, pero esa es la media. Estos enamoramientos provocarán una revolución psicofísica capaz de crear un alto nivel de satisfacción y, en algunos casos, de cambiar el sentido de la existencia. Se puede decir, sin duda alguna, que un enamorado que es correspondido es feliz. Feliz y transformado físicamente, porque el amor es como una enfermedad, que afecta a casi todo el cuerpo. El sistema nervioso autónomo de un enamorado pone en jaque músculos, intestinos, corazón, vello, pupilas, vejiga, genitales... Todo está voluntariamente desbordado, todo desobedece a la razón.

Oxitocina y dopamina

Los principales responsables de esta conmoción son precisamente los neurotransmisores, unas sutancias producidas por las células nerviosas, desconocidas hasta hace unas décadas y que inciden en enfermedades como el Alzheimer, el Parkinson, la depresión y, en general, en el ámbito emocional.

Cuando una persona se siente atraída por el encanto de otra, simultáneamente dos neurotransmisores están actuando en su cerebro. El primero es la oxitocina, clave en el establecimiento de los vínculos afectivos. Las mujeres y las hembras de los mamíferos la segregan como estimulante de las contracciones del parto, del amamantamiento y de la conducta de protección a las crías. A los humanos enamorados la oxitocina, llamada también "hormona del apego", les despierta el deseo de pasar largo tiempo juntos, sin sentir cansancio, sueño ni agotamiento. La oxitocina es, probablemente, responsable no solo de abrazos, encuentros y ternura, sino de cartas amorosas y llamadas telefónicas reiteradas y quizá de alguna locura de amor, esas que se hacen solo por estar un rato a escondidas o por robar un beso apasionado.

El otro neurotransmisor es la dopamina, que juega el curioso papel de alterar el esquema vital y trastocar las prioridades. La dopamina pontencia la actividad del cerebro interno, donde se procesan las emociones, y rebaja la preponderancia de la corteza cerebral, que es donde se procesa el pensamiento racional. Gracias a la dopamina, a los enamorados les importa mucho más sus sentimientos que su cuenta corriente, mucho más una mirada apasionada que un éxito laboral. Pero, por suerte o por desgracia, el período de enamoramiento intenso —o de "imbecilidad tansitoria", como dice Ortega y Gasset— es breve y los neurotransmisores pronto dejarán de condicionar tan rotundamente la vida de los enamorados. Sin embargo, mientras eso sucede, la dopamina minimizará sus problemas y ellos se sentirán no solo felices, sino guapos, fuertes y hasta buenos. Y lo serán, porque el amor hace dar lo mejor de cada uno de nosotros.

Síntomas de una adicción

Esta sensación de fortaleza y optimismo se refuerza también por el efecto de otro elemento del laboratorio cerebral, la feniletilamina (PEA), cuya actuación es parecida a las anfetaminas. La acción de la PEA ha sido estudiada por los investigadores Kelin y Lebowitz, del Instituto Psiquiátrico de Nueva York, que sostienen que los adictos al amor se parecen en cierto modo a los adictos a las drogas, ya que unos y otros se habitúan a su emoción, o a la droga que la provoca, y su intensidad va desvaneciéndose, necesitando cada mez más estímulos. Sostienen igualmente que la revolución química y orgánica no solo la provoca el cariño, sino su cara contaria; es decir, el desamor, los celos, la inseguridad o el miedo a la pérdida de la persona amada. Esa es la razón por la que la pérdida potencial o real del amor tiene efectos similares al síndrome de abstinencia. Una persona que ha visto desbaratarse su pareja verá alterado su equilibrio orgánico, probablemente pierda peso, tendrá insomnio, se sentirá deprimida y su sistema inmune se debilitará.

En las pasiones de respuesta intensa y repentina también actúan otros mensajeros químicos muy poderosos: la adrenalina y la noradrenalina, que son segregados por las glándulas suprarrenales. Durante el período de fogosidad amorosa, estos elementos provocan los cambios físicos más evidentes; por ejemplo, el aumento de la frecuencia cardiaca, la respiración agitada, la tensión muscular, la sudoracion, la falta de ganas de dormir y, por supuesto, las reacciones propias del deseo sexual. En la química de la conducta sexual también interviene muy directamente la testosterona, que producen los varones y, en menor medida, también las mujeres. Esta hormona es la responsable de la erección y su mantenimiento, así como de la lubricación vaginal.

El "enfriamiento"

Pasado cierto tiempo las cosas cambian. La investigadora Cindy Hazan, de la Univerdad de Cornell, en Nueva York, sostiene que los humanos se encuentran biológicamente programados para sentirse apasionados solo entre 18 y 30 meses. Es cierto, un organismo no puede soportar largamente esta algarabía psicofísica y quizá suceda lo que sostenía Williams James, que al decaer la potencia de la química afectiva, decaiga la efervescencia del amor. Sin embargo, el laboratorio todavía no se clausura.

Y llegan las endorfinas

Tras la fase de enamoramiento surge otra distinta: la pareja se amará a partir de ahora de modo sosegado, pacífico y seguro y este sentimiento se pontenciará por la acción de las endorfinas, una especie de opiáceos [endorfina es una síncopa de endomorfina, morfina fabricada dentro del propio organismo, porque las endorfinas poseen unos efectos y características similares a los opiáceos] que el organismo genera de modo natural y que también se producen por la práctica de actividades placenteras, como el baile o el deporte [¡y el sexo...!]. Según la misma investigadora, los hombres son más susceptibles a la influencia de todas estas sustancias que las mujeres; ellos se enamoran más, y más rápidamente que ellas. ¿Será verdad? Lo que sí es verdad es que el declive de la química en unos y otras no anula necesariamente el amor: no se deja de amar cuando se deja de estar enamorado. Hay quien dice que "el amor es ciego y el matrimonio le devuelve la vista", pero tampoco estaría mal si lo que "se ve" es un cariño sólido salpicado de momentos de pasión.

Los misterios del beso [texto recuadrado separado del artículo]

¿Por qué algo tan sencillo como la unión de dos bocas puede ser tan emocionante? El beso es un misterio con consecuencias trascendentes. El investigador alemán Arthur Sazbo afirma que las parejas que se despiden con un beso antes de irse a trabajar tienen menos absentismo laboral, menos accidentes de tráfico, ganan más de un 25% que los demás y viven más. La causa parece simple: los que empiezan el día con una beso lo hacen con una actitud más positiva y más energía vital; el beso es un antídoto contra el desánimo. Por cierto, ¿sabían que casi todo el mundo tiende a besar hacia el lado derecho?

Dos tipos de cambios en el enamorado [texto recuadrado separado del artículo]

En la mente
· Euforia y exaltación.
· Ligera pérdida de memoria.
· Resistencia ante el dolor.
· Disposición positiva y ganas de agradar.
· Menor concentración.
· Mayor creatividad.
· Mayor capacidad de aprendizaje.
· Refuerzo de la autoestima.
· Resistencia a la frustración.

En el cuerpo
· Respiración agitada.
· Intensidad de latidos cardiacos.
· Ansiedad positiva.
· Ligera pérdida de peso.
· Mirada viva.
· Reducción de sueño, cansancio y hambre.
· Fortalecimiento del sistema inmunológico.
· Deseo sexual intenso.
· Erección fácil y penetración placentera.


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Reflexiones: yo me pregunto, yo me respondo

Un mismo estímulo genera cantidades diferentes de hormonas (oxitocina, dopamina, feniletilamina...) en personas diferentes, e incluso en la misma persona en momentos diferentes. Además, tales sustancias podrían ser etiológicas (causa) o sintomáticas (efecto) de los estados de ánimo a los que están asociadas (tristeza, euforia, ira, miedo, felicidad, angustia...), o ambas cosas a la vez. Volvemos a la pregunta del inicio, ¿estamos tristes porque lloramos o lloramos porque estamos tristes? Las hormonas que están presentes cuando nos sentimos tristes, ¿son la causa o el efecto de nuestra tristeza?

La "fabricación" de estos productos psicotrópicos es provocada a menudo por estímulos exógenos; somos mucho más sensibles de lo que pensamos. El simple hecho de ver a alguien experimentar determinadas sensaciones desencadena un proceso de empatía y mimetismo que nos induce a tener las mismas sensaciones; por ejemplo, nos podemos sentir realmente cansados después de ver a otra persona realizar un esfuerzo físico prolongado, y probablemente nos sentiremos tristes si vemos a alguien llorar tristemente.

Pero la producción de la oxitocina y demás hormonas está motivada no solo por procesos psicológicos involuntarios articulados en el inconsciente, sino también por factores genéticos, pues se sabe que un individuo puede tener una predisposición innata al optimismo o a la depresión. Por tanto es fácil concluir que ya que el inconsciente y los genes escapan a nuestro control (más o menos), también escapan a nuestro control los mecanismos de producción de dichas sustancias, lo que impregna de un escaso sentido práctico preguntarse si la gallina estuvo antes que el huevo.

Pero quizá a partir de ahora nos sintamos, eso sí, menos extrañados cuando nos encontremos con un individuo que, sin causa aparente, no se ha enamorado nunca, o con una madre que admita no experimentar el instinto maternal que esperaba.

Y esto de la oxitocina y compañía, ¿se llegará a vender un día en frascos como eau de toilette?

domingo, 4 de noviembre de 2007

A veces avisto tierras...


Estoy un poco hasta los cojones del amedrentamiento en general. Estoy un poco hasta los cojones del "tener que", de la espiritualidad convulsa y del mamoneo regional de las costumbres personales.

Sigo sintiéndome atrapado en este cuerpo-espacio temporal con salida a ninguna parte, con bucles conductuales y dèjá vus repitiéndose al paso de cada semana o cada mes, haciendo más blandas mis supuestas partes sólidas.

He intentado buscar respuestas en los acertijos de otros, pero ni siquiera me motivo lo suficiente, los putos bucles haciendo su trabajo...

No hay solución, soy así. Y parece que la frustracion ha de dejar paso a una fría indiferencia y a una esquizofrenia apresada por todos estos botes tristes y desvencijados por las marejadas. Mucha mierda es lo que traerá la marea al amanecer.

Sí, esto es un ciclo más. Pero un puto ciclo de mierda.

Es oportuno traer esa poesía que escribiera hace años y que se repite ambivalente en mi cabeza con la misma facilidad inapelable de entonces:

A veces avisto tierras
con inhóspitos parajes;
forjadas fueron salvajes
y no son de fiar sus suelos.
Islas son, mas de camelos;
del espíritu, espejismos:
ínsulas del corazón
llenas de grietas y abismos.
Y avísame la razón
que me aleje sin consuelo.
Mas yo quiérome quedar...

jueves, 25 de octubre de 2007

Una toxina se balanceaba en la tela de una araña...

Quiero exiliarme de mí mismo algún tiempo.

Hoy vi claramente, como una revelación, lo bien que me sentaría recluirme por unos días en un lugar alejado, ausente de preocupaciones. Necesito tomar distancia de las cosas y no dedicarme a nada más que actividades primarias y sencillas: comer y dormir, sentir la naturaleza, hablar con desconocidos, recordar a quienes quiero, tomar un café o leer un libro; sin ningún otro compromiso con la vida que no sea dejarme llevar y disfrutar. El objetivo plausible es desinfectar y sanar mi voz interior, tratar de apaciguarla y armonizarla tanto con quien consigo ser como con el inconsciente, esa fosa abisal capaz de engullirlo todo y de producir seísmos tenebrosos. Por suerte, se trata de un viaje que ya he realizado otras veces, un destino conocido, donde la sensación final es de acendramiento y redescubrimiento de mí mismo, de regreso a unos orígenes puros.

Volver a ese mundo prístino interior (que reporta siempre una cierta sensación de dèjá vu) desde un yo adulterado y condicionado por sus vecinos de escalera puede suponer, no obstante, un cambio difícil o imposible de completar. A veces hay que desapegarse mucho de lo cotidiano, de lo seguro, y hay que soportar la dolorosa sensación de desvalimiento, de vulnerabilidad... A veces simplemente no se dan las circunstancias necesarias, y no sabemos por qué. Pero cuando finalmente se produce...


¡Ah, qué bueno cuando se produce! Me siento renovado, desintoxicado. Siento la reciedumbre de la vida y la capacidad de mirar al mundo con seguridad, con confianza. Siento en ese preciso instante que todo lo que necesito para ser feliz está ya conmigo, y la importancia relativa de las cosas aflora.

No hay sensación comparable.


...

Llegados a este fenomenal orgasmo vital alguien podría preguntarse si el hecho descrito es una estupenda y pasajera corrida anímica, o si trasciende la eventualidad, la misma que es propia de las tribulaciones que nos alcanzan cíclicamente a modo de infalible contrapartida. No lo sé, y creo que no ha de importarnos mucho. Puesto que su génesis y desarrollo están condicionados con frecuencia por elemenos sobre los que no podemos influir, tampoco es lógico preocuparse demasiado por su naturaleza, digo yo.

Qué quiero ser de mayor

Pues yo me pido ser listo, natural, despreocupado y sólido. Pido ser lo contrario de lo que creo ser ahora mismo, con esta crisis existencial de por medio. Es cierto: soy muchas personas, y quiero ser otras tantas.

Quiero ser tú y tú y tú. Envidio hasta la última esquirla sacada de vuestras tallas, porque yo no me siento yo, me siento ajeno a mí. Éste no soy yo.

Miro a las cuatro torres y quiero ser como ellas: grandes, magníficas, colosales. Construirme poco a poco, escalar con paciencia los cielos de Madrid para sobresalir así, con esos aires de grandeza. Necesito descubrirme, seguir haciéndolo, y sigo impaciente ante la perspectiva del proceso, por eso me frustro tanto.

Todo está hecho y mucho es lo que aún se puede hacer: paradoja derivada del proceso retorcido que es la vida.

Un proceso lleno de hermosura, se mire por donde se mire.

sábado, 20 de octubre de 2007

Bienvenido a mí mismo

Hoy es un buen día para dejar de hacer casi cualquier cosa. Apagado, mohíno, sombrío... Mi temperatura anímica está de lo más extrañamente variable. No recordaba una sensación de vulnerabilidad así desde hace, supongo, mucho tiempo.

Todo empezó ayer. En realidad todo empezó hace semanas... Ya..., hace meses o años, pero no es plan de irme tan lejos. Centrémonos en ayer.

Las idas y venidas en mis pérdidas de tiempo en Internet (en concreto la búsqueda de los apellidos de Yeray para enviarle unas flores con las que pedirle perdón, otra vez, por lo mismo, e hice de todo menos comprar las flores) me llevaron a encontrar el blog de un joven chileno al que he visto tan sólo una vez. No recuerdo como se llama, el chileno. Le conocí en una tarde de teatro. Entradas gratis para todos que nos consiguió Yeray. Menuda sorpresa encontrarme con el blog de este muchacho. Pero mucho más sorprendente fue empezar a sentir su vitalidad narrativa, me da igual si era afectada o no. Me paré por varios de sus posts y, en mi soledad, mis muros emocionales cedieron. Todo rezumaba tanta vida... Desde ese momento (ayer) me siento vulnerable y tengo miedo y creo que voy a volver a llorar.

No sé por qué me dan ganas de llorar tan fácilmente. No creo que sea bueno dejarnos arrastrar por estas sensaciones lacerantes, no creo que convenga al ánimo estar dándole vueltas a la tristeza. Pero, aunque muy asustado, me gusta tanto hacerlo... Es mi droga. Mi vena masoquista en acción. Es estúpido, pero me ocurre.

Madrid está ahí fuera, fuera de este cuarto de residencia militar triste y austero. El sol brilla espléndido con un color rubio subido en esta tarde de otoño temprano. Y mi cabeza quiere salir y hacer algo con lo que disfrutar y ser feliz bajo el sol, pero me siento atado a mi silla, a mi culpa, a mi necesidad de hacerme daño. Es estúpido, pero me ocurre.

Me propongo desde hoy no hablar a nadie de este blog, ocultarlo a todos, a todo. Será mi diario secreto abierto al ser anónimo a escala mundial. La paradoja de un moderno acceso de sinceridad. Para quien lo encuentre. Y sobre todo para mí.

Cuando el alma se me encoja y finja una risa o dos,
cuando la vida sea un sueño y el sueño una vida hostil,
me buscaré en el recuerdo en que el mar me acarició,
sentadito, bajo el sol,
saludando al mes de abril.
A Marita