sábado, 12 de abril de 2008

El aprendiz de Diógenes


A veces miro a mi alrededor y no me gusta lo que veo.

Ahora, por ejemplo, veo en mi habitación ropa tirada por todas partes -incluso un jersey con una camiseta gurruñada dentro de él que lleva ahí muchos días- y el escritorio abarrotado con discos y papeles desordenados. Llevo más de 24 horas encerrado aquí, comiendo frutos secos y bebiendo líquidos de botellines etiquetados con bandas de papel en las que aparece toda la gama de vitaminas y antioxidantes conocidos. Hace tres días que no me ducho.

Esto no es vida. Me gustaría vivir más una vida normal, o simplemente vivir. Encerrarse así nunca me ha demostrado que sea una solución a mis problemas, cualesquiera que sean. Es tan solo un hábito. Un mal hábito. Un hábito pernicioso y mío.

La lista de asuntos pendientes, si llegara a escribirla entera, ocuparía varias páginas en una libreta imaginaria y ominosa.

Yo nunca he querido llegar hasta aquí, pero aquí me hallo. En mi cabeza surge, de entre ideas de reforma, la sensación de que siempre he estado aquí y que no puedo escapar, que soy un alcohólico anónimo y degradado que purga sus males más recónditos con el alcohol-hermetismo para no tener que ver nunca lo que se esconde en la trastienda emocional.

Pero, por extraño que parezca y sin conocer exactamente si estoy en lo cierto o las causas, creo que he cambiado. Y esta vez es un cambio en la dirección correcta.

Nunca es tarde para cambiar.

No hay comentarios: