sábado, 12 de abril de 2008

El aprendiz de Diógenes


A veces miro a mi alrededor y no me gusta lo que veo.

Ahora, por ejemplo, veo en mi habitación ropa tirada por todas partes -incluso un jersey con una camiseta gurruñada dentro de él que lleva ahí muchos días- y el escritorio abarrotado con discos y papeles desordenados. Llevo más de 24 horas encerrado aquí, comiendo frutos secos y bebiendo líquidos de botellines etiquetados con bandas de papel en las que aparece toda la gama de vitaminas y antioxidantes conocidos. Hace tres días que no me ducho.

Esto no es vida. Me gustaría vivir más una vida normal, o simplemente vivir. Encerrarse así nunca me ha demostrado que sea una solución a mis problemas, cualesquiera que sean. Es tan solo un hábito. Un mal hábito. Un hábito pernicioso y mío.

La lista de asuntos pendientes, si llegara a escribirla entera, ocuparía varias páginas en una libreta imaginaria y ominosa.

Yo nunca he querido llegar hasta aquí, pero aquí me hallo. En mi cabeza surge, de entre ideas de reforma, la sensación de que siempre he estado aquí y que no puedo escapar, que soy un alcohólico anónimo y degradado que purga sus males más recónditos con el alcohol-hermetismo para no tener que ver nunca lo que se esconde en la trastienda emocional.

Pero, por extraño que parezca y sin conocer exactamente si estoy en lo cierto o las causas, creo que he cambiado. Y esta vez es un cambio en la dirección correcta.

Nunca es tarde para cambiar.

martes, 8 de abril de 2008

Estímulos regresivos: ¿experiencia catártica o huida al pasado?

Probablemente te des cuenta tarde de lo mucho que habías deseado en algún momento ser feliz, y de todo lo que ocurrió o hiciste después para separarte de ese objetivo. El tiempo juega en tu contra, estrangulando el cordón umbilical que te conecta con aquellos anhelos.

En ocasiones, un simple olor -¿o es algo más que eso?- te transporta inesperadamente a los viejos tiempos, transmitiéndote una vivificante sensación de añoranza y paz interior, y te sientes de puta madre, orbitas en torno a un mundo prístino de emociones positivas y estimulantes. Deseas aprehender ese momento y retenerlo, porque hallas esperanza en él. Crees haber visto a quien fuiste, y era un ser feliz.

Al producirse este fenómeno reconocemos que aquel pasado era mejor y que ahora no estamos donde queríamos. Hacemos aflorar una disociación (cognitiva) entre la persona que quisimos ser y la que somos realmente, y esto implica una idea latente de fracaso, culpa y angustia. Así visto, el fenómeno del "olor mágico" sería primo de la regresión, y por tanto no podría darse en etapas de felicidad.

Por otra parte y de acuerdo con la tesis anterior -he aquí la buena noticia-, estos momentos de evocación inesperada nos conectan realmente con la felicidad, aunque sea en un pasado lejano. Si aprovechamos esta conexión, la sensación que experimentamos nos servirá de inspiración y nos fortalecerá ante el momento de "no felicidad" en el que nos encontramos.