jueves, 25 de octubre de 2007

Una toxina se balanceaba en la tela de una araña...

Quiero exiliarme de mí mismo algún tiempo.

Hoy vi claramente, como una revelación, lo bien que me sentaría recluirme por unos días en un lugar alejado, ausente de preocupaciones. Necesito tomar distancia de las cosas y no dedicarme a nada más que actividades primarias y sencillas: comer y dormir, sentir la naturaleza, hablar con desconocidos, recordar a quienes quiero, tomar un café o leer un libro; sin ningún otro compromiso con la vida que no sea dejarme llevar y disfrutar. El objetivo plausible es desinfectar y sanar mi voz interior, tratar de apaciguarla y armonizarla tanto con quien consigo ser como con el inconsciente, esa fosa abisal capaz de engullirlo todo y de producir seísmos tenebrosos. Por suerte, se trata de un viaje que ya he realizado otras veces, un destino conocido, donde la sensación final es de acendramiento y redescubrimiento de mí mismo, de regreso a unos orígenes puros.

Volver a ese mundo prístino interior (que reporta siempre una cierta sensación de dèjá vu) desde un yo adulterado y condicionado por sus vecinos de escalera puede suponer, no obstante, un cambio difícil o imposible de completar. A veces hay que desapegarse mucho de lo cotidiano, de lo seguro, y hay que soportar la dolorosa sensación de desvalimiento, de vulnerabilidad... A veces simplemente no se dan las circunstancias necesarias, y no sabemos por qué. Pero cuando finalmente se produce...


¡Ah, qué bueno cuando se produce! Me siento renovado, desintoxicado. Siento la reciedumbre de la vida y la capacidad de mirar al mundo con seguridad, con confianza. Siento en ese preciso instante que todo lo que necesito para ser feliz está ya conmigo, y la importancia relativa de las cosas aflora.

No hay sensación comparable.


...

Llegados a este fenomenal orgasmo vital alguien podría preguntarse si el hecho descrito es una estupenda y pasajera corrida anímica, o si trasciende la eventualidad, la misma que es propia de las tribulaciones que nos alcanzan cíclicamente a modo de infalible contrapartida. No lo sé, y creo que no ha de importarnos mucho. Puesto que su génesis y desarrollo están condicionados con frecuencia por elemenos sobre los que no podemos influir, tampoco es lógico preocuparse demasiado por su naturaleza, digo yo.

Qué quiero ser de mayor

Pues yo me pido ser listo, natural, despreocupado y sólido. Pido ser lo contrario de lo que creo ser ahora mismo, con esta crisis existencial de por medio. Es cierto: soy muchas personas, y quiero ser otras tantas.

Quiero ser tú y tú y tú. Envidio hasta la última esquirla sacada de vuestras tallas, porque yo no me siento yo, me siento ajeno a mí. Éste no soy yo.

Miro a las cuatro torres y quiero ser como ellas: grandes, magníficas, colosales. Construirme poco a poco, escalar con paciencia los cielos de Madrid para sobresalir así, con esos aires de grandeza. Necesito descubrirme, seguir haciéndolo, y sigo impaciente ante la perspectiva del proceso, por eso me frustro tanto.

Todo está hecho y mucho es lo que aún se puede hacer: paradoja derivada del proceso retorcido que es la vida.

Un proceso lleno de hermosura, se mire por donde se mire.

sábado, 20 de octubre de 2007

Bienvenido a mí mismo

Hoy es un buen día para dejar de hacer casi cualquier cosa. Apagado, mohíno, sombrío... Mi temperatura anímica está de lo más extrañamente variable. No recordaba una sensación de vulnerabilidad así desde hace, supongo, mucho tiempo.

Todo empezó ayer. En realidad todo empezó hace semanas... Ya..., hace meses o años, pero no es plan de irme tan lejos. Centrémonos en ayer.

Las idas y venidas en mis pérdidas de tiempo en Internet (en concreto la búsqueda de los apellidos de Yeray para enviarle unas flores con las que pedirle perdón, otra vez, por lo mismo, e hice de todo menos comprar las flores) me llevaron a encontrar el blog de un joven chileno al que he visto tan sólo una vez. No recuerdo como se llama, el chileno. Le conocí en una tarde de teatro. Entradas gratis para todos que nos consiguió Yeray. Menuda sorpresa encontrarme con el blog de este muchacho. Pero mucho más sorprendente fue empezar a sentir su vitalidad narrativa, me da igual si era afectada o no. Me paré por varios de sus posts y, en mi soledad, mis muros emocionales cedieron. Todo rezumaba tanta vida... Desde ese momento (ayer) me siento vulnerable y tengo miedo y creo que voy a volver a llorar.

No sé por qué me dan ganas de llorar tan fácilmente. No creo que sea bueno dejarnos arrastrar por estas sensaciones lacerantes, no creo que convenga al ánimo estar dándole vueltas a la tristeza. Pero, aunque muy asustado, me gusta tanto hacerlo... Es mi droga. Mi vena masoquista en acción. Es estúpido, pero me ocurre.

Madrid está ahí fuera, fuera de este cuarto de residencia militar triste y austero. El sol brilla espléndido con un color rubio subido en esta tarde de otoño temprano. Y mi cabeza quiere salir y hacer algo con lo que disfrutar y ser feliz bajo el sol, pero me siento atado a mi silla, a mi culpa, a mi necesidad de hacerme daño. Es estúpido, pero me ocurre.

Me propongo desde hoy no hablar a nadie de este blog, ocultarlo a todos, a todo. Será mi diario secreto abierto al ser anónimo a escala mundial. La paradoja de un moderno acceso de sinceridad. Para quien lo encuentre. Y sobre todo para mí.

Cuando el alma se me encoja y finja una risa o dos,
cuando la vida sea un sueño y el sueño una vida hostil,
me buscaré en el recuerdo en que el mar me acarició,
sentadito, bajo el sol,
saludando al mes de abril.
A Marita