Yo no veía demasiado a Nono. Cuando salía de casa por la mañana, él todavía estaba durmiendo en la sala-garaje, sobre los cartones. Desde aquella vez que me había abrazado, después de mi llegada, no le había vuelto a invitar a que se acostara a mi lado. No quería. Me daba miedo que aquello se convirtiera en algo más, ya saben a qué me refiero. Creo que eso le hacía sentirse desgraciado, pero seguía siendo muy amable conmigo, como si no pasara nada.
El pez dorado, cap. 9 - J.M.G. Le Clézio
miércoles, 1 de julio de 2009
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)