viernes, 17 de abril de 2009

El amor a las cosas cotidianas


Cada vez que escucho eso de que hay que aprender a disfrutar de las cosas que nos rodean para ser realmente felices, yo pienso en la tele. Sí, es verdad, sus circuitos y su plasma, tan habituales en mi hogar, me suben los niveles de endorfinas, aunque reconozco saber que también amuerman y anquilosan mi imaginación, mi memoria y mi capacidad de concentración. Entonces, ¿qué hago dando estos pasos tan torpes? Na, despidiéndome un poco de mí mismo, de un hombre bueno. En esta sala, junto a muchos de mis fantasmas, veo que no llego a mi destino, como una maleta perdida en un aeropuerto extraño.

Tengo una pregunta. ¿De qué depende la victoria en la vida? ¿De qué depende que no sucumbamos al apagón sensorial al que nos aboca nuestra dañada humanidad?

Creo que es importante sentirse parte del todo y conectado con la abundancia que exuda la vida.

Alguien dice que todos llevamos la sensación de un vacío existencial, por llamarlo de algún modo, de una angustia producida por la vacuidad de la vida, que esta angustia va unida a nuestras emociones y que todo eso empieza en el mismo momento de nacer. A mí me parece que todos llevamos experiencias positivas y negativas dentro de nuestra psique, pero que lo que nos compensa es el mensaje budista de que el sufrimiento existe, que tiene una causa, que hay un camino entre causa y sufrimiento, y que podemos conocer este camino, imagino que para desandarlo. Tal razonamiento -silogismo arriba, silogismo abajo- lleva implícita la idea de que la esencia de la moral consiste en eliminar este sufrimiento. Y luego Buda nos dice que por ahí se va al Nirvana, y para no desear nada. Yo pensé, cuando me enteré de esto, que los que llevan una vida sin deseo llevan una vida muy aburrida. Pero luego me enteré de que, seguramente, me he estado equivocando todo este tiempo.

Resulta que un reputado psiquiatra experto en neuromedicina (entre otras cosas) llamado Richard Davidson ha pasado los últimos quince años, previa venia del Dalai Lama, investigando y representando las ondas cerebrales de los monjes budistas en meditación, y nos cuenta que estas ondas cerebrales "son muy distintas" y revelan "la atención enfocada y la integración de redes a gran escala del cerebro", por otra parte propias en aquellas personas que tienen entrenamiento en la meditación.

Davidson continúa diciendo que estos monjitos sin hierbabuena tienen los niveles de felicidad más altos conocidos. Yo, cuando me enteré de esto, introduje un patrón nuevo en mi forma de enfrentarme a la vida, al menos en el plano consciente, y no por lo que respecta a la meditación, sino por lo que respecta a su modo de vida en conjunto. Estos monjes no tienen nada y no desean nada. No tienen nada, no desean nada y son los seres más felices que hay en la Tierra.

Respecto a la meditación, el psiquiatra remarca las diferencias entre la gente que la practica y la que no. En el cerebro del meditador sin entrenamiento, explica él, "es típico que haya un diálogo cognitivo, mucho pensamiento al azar asociado al cambio que sucede de manera muy automática", un estado que a menudo se menciona en círculos de meditación como 'el cerebro del mono'.

No estoy de mucha coña si digo que a estas alturas me siento con este tipo de cerebro, con el cerebro de Pocholo. Yo creo que Pocholo es un tipo feliz.

"Este tipo de estado cerebral se altera radicalmente mediante la práctica de meditación a largo plazo".

La práctica hace al monje, y la túnica, no al lama.

Davidson medita diariamente entre 30 y 45 minutos y advierte que modificar nuestro estado cerebral "lleva años de entrenamiento", pero que incluso pequeñas cantidades de entrenamiento meditativo para personas totalmente nuevas en ello pueden tener un efecto beneficioso que se puede medir.

La felicidad se puede aprender, dice Davidson. Supongo que es lo que le pasa a esos monjes que estudió tan concienzudamente.

Ah, y la foto no es de él, sino del inventor de la teoría de las "múltiples inteligencias", Howard Gardner, precursoras reconocidas del concepto de la "inteligencia emocional". ¿A que da que pensar (la foto)?